Volver al coche para comprobar que lo hemos cerrado, o a casa para asegurarnos de que no olvidamos ninguna luz encendida; limpiar el polvo y fregar la casa varias veces al día y tantísimas otras acciones cotidianas que forman parte natural de muchos quehaceres diarios pueden esconder trastornos obsesivos compulsivos, lo que se conoce con sus siglas TOC. Los expertos en ello calculan que lo sufre el 3% de la población.

Todas las personas tenemos pensamientos intrusivos, o los hemos tenido alguna vez, ideas desagradables como la de perder el control en alguna situación determinada, una idea que nos domina. Pero la persona que sufre un TOC no puede desprenderse de esas ideas involuntarias. Tal como explica la psicóloga del Centro Médico TeknonBlanca Bueno, especialista en ese tipo de trastorno, «es como si tuviéramos un dictador dentro de la cabeza que nos obliga a realizar lo que la ansiedad quiere».

Por ello, el detonante que hace que sea recomendable pedir ayuda a un especialista en trastorno obsesivo compulsivo es «que la ansiedad que esos pensamientos o imágenes genera interfiera lo suficiente en la vida de la persona, cuando esta ya no controla por sí misma su decisión de obedecer a esas acciones o ignorarlas», explica la psicóloga. Por ejemplo, puede que el individuo que convive con un TOC llegue tarde a sus citas por todas las comprobaciones que su mente le obliga a realizar para satisfacer órdenes de ese dictador dentro de su mente. Son rituales que identificamos como manías, gestos que integramos mecánicamente, sin considerarlos potenciales alertas de un TOC.

El trastorno obsesivo compulsivo afecta por igual a hombres y mujeres. Suelen empezar a mostrarse ciertos niveles de él en la etapa de la adolescencia y normalmente su gran debut más desbordante se da, según indican los especialistas, en la primera edad adulta, a partir de los 18 años.  Según apunta la experta en TOC Blanca Bueno, profesional que preside la Asociación TOC2.0, «el grado de afectación del trastorno puede ir desde un nivel muy leve a grados superiores de mayor gravedad, hasta el punto de incapacitar en gran manera la vida de quien convive con el trastorno». Aprender a convivir con ello hace que la mayoría de casos no se diagnostiquen hasta pasada una media de unos siete años desde la irrupción del trastorno.

También en la edad infantil se detectan casos de TOC. Los especialistas afirman que ese 3% de afectación a la población general se traduce en uno de cada 50 adultos y uno de cada 100 niños. Y, así como en la población adulta la distribución del trastorno por género es igual, «de pequeños sí se observa que el trastorno obsesivo-compulsivo afecta más a niños que a niñas», explica Bueno.

Para detectar un TOC entre los menores es importante observar si entre todos esos rituales de juego, orden entre sus cosas o repetición de acciones en su día a día, el niño o la niña muestran sufrimiento al realizar esas actividades. En esos casos, el sufrimiento se puede mostrar con rabietas, llanto o nervios.

Ante la sospecha de padecer un trastorno obsesivo-compulsivo, se debe consultar con el médico de cabecera que será quien derive a un especialista de psicología o psiquiatría para evaluar el grado de ansiedad que generan esos bucles de pensamientos en forma de órdenes internas compulsivas, así como el grado de afectación en la vida cotidiana.

Dependiendo de ese grado de afectación, el tratamiento incluirá farmacología y terapia cognitivo conductual o solo la terapia psicológica. Si en la primera consulta al médico de cabecera ante la sospecha de un TOC, no se percibiera suficiente sensibilidad del profesional sobre el tema, los especialistas en este tipo de trastornos recomiendan solicitar una segunda opinión médica.

Sobre el origen y causas del desarrollo del trastorno obsesivo-compulsivo, la investigación aún tiene mucho que descubrir. «Sí sabemos que ante ciertas vulnerabilidades genéticas el TOC puede afectar en mayor o menor medida, y que el ambiente y estructuras familiares muy rígidas o estrictas, si bien no sean la causa, sí pueden actuar como fertilizador en el desarrollo del trastorno», dice Bueno. También se sabe que fobias o comportamientos impulsivos reflejados en ciertos rituales evidentes en progenitores, como una obsesión por la limpieza, aunque genéticamente puedan influir en los hijos, no necesariamente se traducen con los mismos rituales u obsesiones.