Alrededor de 16.000 familias aragonesas podrían incluir algún miembro afectado con algún tipo de trastorno de la personalidad, un problema de salud que afecta a entre un 2% y un 3% de la población. Solo en Zaragoza, un mínimo de 8.000 y hasta 12.000 familias estarían afectadas y los estudios indican que hasta el 70% de la población reclusa lo padece.

Para abordar esta problemática, darla a conocer y ayudar al enfermo y su entorno más cercano nació en el 2001 la asociación El Volcán, cuyas raíces se encuentran en un reducido grupo de familias de hijos que estaban siendo atendidos de su trastorno de personalidad en el hospital Provincial de Zaragoza. El doctor Vicente Rubio y su equipo facilitaban a estas familias información y ayuda psicoterapéutica «para afrontar las complicadas situaciones que se presentan con estos enfermos», exponen desde el colectivo. Aquellas familias pensaron que agrupadas podrían ayudarse mutuamente, y también hacer llegar a las instituciones las necesidades de los pacientes.

Pero, ¿qué es un trastorno de la personalidad? Se trata de un problema que surge cuando alguno de los rasgos de la personalidad de un individuo es exagerado, lo que puede llegar a crear problemas en el ámbito familiar, social y laboral.

Los expertos los dividen en diez tipos agrupados en tres grupos. El primero abarcaría, según la propia asociación, los trastornos raros o excéntricos, entre los que se incluyen el trastorno paranoide (marcado por un patrón de desconfianza y suspicacia que hace que se interpreten maliciosamente las intenciones de los demás) o el esquizoide y el esquizotípico. «Este grupo se caracteriza por un patrón penetrante de cognición, como la sospecha o como un lenguaje extraño para expresarse, y relaciones anormales con otros, en forma de aislamiento», indica el colectivo.

En el segundo grupo estarían los trastornos dramáticos, emocionales o erráticos, a los que pertenecen una personalidad antisocial, el trastorno límite o borderline, el histriónico o el narcisista. «Se caracterizan por un patrón penetrante de violación de las normas sociales (como un comportamiento criminal), impulsivo, emotividad excesiva y grandiosidad. Presenta con frecuencia acting-out (exteriorización de sus rasgos), llevando a rabietas, comportamiento autoabusivo y arranques de rabia», expone la guía diseñada por la asociación El Volcán.

En el último grupo –trastornos ansiosos o temerosos– estarían los que incluyen las fobias, los de personalidad dependiente o los obsesivos compulsivos, caracterizados por un patrón penetrante de temores anormales, incluyendo relaciones sociales, separación y necesidad de control.

«Hay mucha variedad, pero con factores comunes, como la baja tolerancia a la frustración. Estas personas sufren porque no encuentran su ubicación en el mundo, tienen problemas con amigos, pareja (si la tienen) y les cuesta encontrar un trabajo y mantenerlo. Se sienten incomprendidos por la familia y a veces llegan a autolesionarse o tener problemas con la justicia y caer en adicciones, como a sustancias, juego o sexo. No saben manejar su vida ni sus reacciones», explica Manuel López Gascón, sociólogo y colaborador de El Volcán.

Para ayudar a las familias, el colectivo ofrece atención psicológica, cursos y talleres destinados a ellas. Además, todos los miércoles se reúne un grupo de ayuda mutua. «Las familias lo pasan casi peor. Como el afectado no sufre una minusvalía física no saben qué les pasa. Miente permanentemente, insulta o maltrata y la asociación trata de abordar mejor el problema», explica López.

Así, si las familias llegan a la asociación, ya sea con diagnóstico o sin él, «puede haber un cauce». Pero los expertos advierten que el problema «no se cura de un día para otro sino que es una tarea de muchos años, aunque se puede paliar o reducir sus efectos».

El tratamiento se lleva a cabo través de un triple frente: farmacología, terapia y una acción adecuada para la familia y su entorno. «Se trata de saber manejar la situación para evolucionar mejor o peor. Si sus allegados logran que acepte ir al psicólogo o al psiquiatra estaríamos ya encaminados a una reducción del problema. Cuando no lo logran, están condenados a sufrirlo».

El abordaje es complejo porque no hay un solo perfil, sino muchos tipos de trastorno y cada uno requiere distintas actuaciones. «Los hay pacíficos, sosegados, que apenas hablan… y hay otros explosivos y coléricos», expone el sociólogo, que lamenta que tampoco hay facilidad para alcanzar un diagnóstico. «No existe un itinerario claro para estas familias. El médico de cabecera no sabe, el trabajador social tampoco y el psicólogo a veces lo detecta y otras no. Y las familias lo pasan mal y ellos también. La facilidad de diagnóstico proporcionaría un abordaje precoz también en el aula desde Secundaria, etapa en la que podría comenzar a detectarse», afirma.

El trastorno de la personalidad no forma parte del mismo cuadro patológico que una ansiedad o depresión, a pesar de tratarse también de un problema de salud mental. «Podría haber cierta predisposición genética que hace que pueda o no desencadenarse y agravarse con factores educacionales a lo largo de la infancia o a través de relaciones que se vayan manteniendo», subraya López, que reclama una mayor difusión de este problema.

«La salud mental es la hermana pobre de la sanidad. Y, por eso, el trastorno de la personalidad es algo así como el pobre de entre los pobres. Ojalá fuera más conocido y así se podría detectar antes por parte de Primaria para abordarlo con mayor prontitud, indica el experto, que reclama a la Administración que otorgue a los profesionales –médicos de Primaria, trabajadores sociales o profesionales de los centros educativos– «las herramientas necesarias para poder conocer este problema y abordarlo antes para establecer esas medidas preventivas más adecuadas».