La falta de sueño aísla del mundo. Y no, no se trata tan solo de una metáfora. El no dormir puede hacer que literalmente una persona desconecte de su entorno y que, a su vez, aquellos que le rodean decidan no acercarse a ella. Al menos así lo apunta un nuevo estudio publicado en la revista Nature Communication en el que por primera vez se traza una línea directa y bidireccional entre la pérdida de sueño y el aislamiento social. Unos datos que, según apuntan los investigadores, podrían ayudar a arrojar luz sobre la “epidemia social de la soledad” del siglo XXI.

“Cuanto menos horas duermas, menos quieres interactuar socialmente. A su vez, otras personas te perciben como más socialmente repulsivo, lo que aumenta aún más el grave impacto de aislamiento social ligado a la pérdida de sueño”, explica Matthew Walker, profesor de psicología y neurociencia de la Universidad de Berkeley y primer autor del recién publicado estudio. En esta misma línea, el investigador añade: “Este círculo vicioso puede ser un factor importante que contribuye a la crisis de la salud pública que es la soledad”.

Los datos recogidos por este nuevo estudio apuntan a la importancia de entender la relación entre sueño y socialización como un arma de doble filo. Es decir, de entender el vínculo bidireccional. En este sentido, la investigación apunta no tan solo a que las personas con falta de sueño tienden a relacionarse menos con su entorno sino que, además, los individuos que perciben que una persona está falta de sueño también tienden a relacionarse menos con estas. Un factor que, según indican los investigadores, podría desencadenar un “contagio viral del aislamiento social”.

¿Pero a qué se debe este rechazo social a aquellos que no son capaces de conciliar el sueño? De acuerdo a los investigadores, esta reacción podría deber al “aspecto alienado” que caracteriza a las personas privadas de sueño. Un rasgo que en la esfera social las haría menos atractivas para establecer un contacto. Paralelamente, también se apunta a que la soledad se extiende a aquellos que, aunque bien descansados, interaccionan con personas con falta de sueño. Una interacción que, aunque sea breve, puede dejar con una amarga sensación de abandono que afecta a ambas partes.

Según explica Walker, se trata de un problema que, en cierta manera, entraría en conflicto con la propia naturaleza de la socialización humana: “Nosotros los humanos somos una especie social. Sin embargo, la privación de sueño puede convertirnos en una especie de leprosos sociales”. En esta misma línea, Eti Ben Simon, investigador postdoctoral en el centro de Ciencias del Sueño de la Universidad de Berkeley y autor del estudio añade: “Sin dormir lo suficiente nos convertimos en un desvío social, a lo que la soledad pronto aparece”.

Para estudiar este fenómeno, durante el estudio se realizaron diferentes escáneres cerebrales a personas privadas de sueño mientras se les mostraban imágenes de extraños caminando hacia ellos. De acuerdo a lo que pudieron observar los investigadores, a más falta de sueño, mayor repulsa social. Una reacción que se ha visto reflejada en la activación de las redes neuronales que se encienden cuando los humano sienten que se está invadiendo su espacio y, paralelamente, en la debilitación de las regiones del cerebro relacionadas con el compromiso social.

Según apuntan los investigadores, la relación entre la falta de sueño y el empeoramiento de las relaciones sociales podría haberse visto amplificado en los últimos años. “Tal vez no sea una coincidencia que en las últimas décadas se haya observado un marcado aumento de la soledad y una disminución igualmente dramática de la duración del sueño”, explica Ben Simon.

En este sentido, son cada vez más los que apuntan a que el siglo XXI se ha convertido en el foco de la “epidemia de la soledad”. Un problema que, de acuerdo con los investigadores, acecha a cada vez más personas. Este descorazonador dato se puede ver reflejado tanto en encuestas nacionales como internacionales. Es el caso, por ejemplo, de los datos recogidos por Eurostat en los que se recoge que de media el 6% de los europeos considera que no tiene a nadie con quien hablar en caso de problema o nadie a quien acudir para hablar de problemas personales.

Pero más allá de los datos que reflejan la situación emocional de la población, otros estudios sugieren que el aumento de la soledad puede acabar teniendo un impacto directo sobre la salud pública. Recientes investigaciones apuntan a que la soledad aumentaría el riesgo de mortalidad en más de un 45%. Una circunstancia que, por el momento, ya se ha relacionado con factores como la depresión, el alcoholismo, problemas cardiovasculares, alteraciones del sistema inmunológico y el estado de salud en general.