Todo empezó el 16 de abril de 1943. “Tuve una experiencia maravillosa. En un estado parecido al del sueño. Con los ojos cerrados, percibí un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos”, escribió el químico suizo Albert Hofmann (1906-2008). De forma accidental, Hofmann acababa de descubrir los efectos de la dietilamida de ácido lisérgico o LSD, una droga psicodélica cuyas manifestaciones más conocidas son las alucinaciones, la alteración de la conciencia y las sinestesias o percepciones distorsionadas de los sentidos. Al parecer, mientras se encontraba en su laboratorio, había absorbido una pequeña cantidad a través de la punta de los dedos.

En aquel tiempo, Hofmann, un brillante químico de la empresa Sandoz en Basilea, trabajaba con un hongo que vive en el centeno, el cornezuelo, en busca de medicamentos para la circulación sanguínea. Más concretamente, trataba de estabilizar el ácido lisérgico, un derivado de la ergotamina que se obtiene a partir del cornezuelo y que se utilizaba en medicina para tratar la migraña.

Tres días después, Hoffman decidió experimentar en sí mismo para comprobar los efectos que había sufrido accidentalmente con el LSD. Se decidió por una dosis muy baja. Según las notas dejadas por el propio químico, 40 minutos después empezó a experimentar “un mareo incipiente, ansiedad, distorsiones visuales, síntomas de parálisis y deseo de reír”. Ya no escribió más. Con posterioridad, relató lo ocurrido como “una experiencia terrible”. “Tenía la sensación de que ya estaba en otro mundo, en el otro lado”, relató. El LSD es un droga extremadamente potente: bastan 25 microgramos (millonésima parte de un gramo) por kilo de peso para empezar el característico ‘viaje’ que relatan los consumidores.

“Las sustancias alucinógenas -no todas las drogas lo son- imitan neurotransmisores naturales, como la dopamina. En cierta manera, engañan a nuestro cerebro“, resume el biólogo José Antonio López Sáez, investigador en el Instituto de Historia, centro del CSIC en Madrid, y autor del libro de divulgación ‘Los alucinógenos’.

Del LSD se conocen sus efectos, pero aún persisten algunas incertidumbres sobre su forma de actuar sobre el sistema nervioso central. Como explica Gustavo Deco, director del Centro de Cognición y Cerebro (CBC) y profesor ICREA en la Universitat Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona, el LSD afecta a la manera en la que actúa en el cerebro la llamada serotonina, conocida popularmente como la ‘hormona de la felicidad’, un neurotransmisor responsable de regular los estados de ánimo, el apetito, el control muscular, la sexualidad o el sueño. En cierta manera, la sustancia activa la reemplaza. “Hoy sabemos que el LSD toca un neurotransmisor como la serotonina y un receptor muy particular, el 5-HT2A  -prosigue Deco-. Otras drogas psicodélicas como la psilocibina de los hongos alucinógenos tienen el mismo principio”. “Hoffman quería expandir su nivel cognitivo con fines médicos, pero el grave problema es que el LSD tiene un efecto alucinógeno”, añade el profesor de la UPF.

En un trabajo mediante técnicas de cristalografía presentado el año pasado, investigadores de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU) observaron por primera vez el proceso: cuando el LSD se fija en el receptor de serotonina de una célula cerebral, se queda allí anclado porque provoca que parte del receptor se pliegue sobre la molécula de la droga. Funciona como una tapa con pestillo. La consecuencia es que el LSD tarda más tiempo en separarse y salir, lo que, a juicio de los científicos, podría explicar por qué son tan potentes y duraderos los efectos de esta droga. En cualquier caso, el hallazgo abre un camino hacia el diseño de sustancias con el mismo sistema de ensamblaje pero sin sus efectos indeseables.

Pese a la experiencia, Hofmann insistió durante años en el potencial médico de la droga a bajas dosis. De hecho, Sandoz envió muestras a universidades y centros de investigación porque quería recabar su opinión. Y luego, en 1947, decidió autorizar la producción de LSD ante el interés que había despertado en el mundo de la psiquiatría como posible tratamiento para la esquizofrenia, la depresión y diversas adicciones, explica López-Sáez. Se comercializó mediante ampollas y en dosis muy pequeñas.

En los años 60 y principios de los 70, sin embargo, el extraordinario poder del LSD sobre la mente se empezó a popularizar fuera de los laboratorios y la contracultura hippy la adoptó como droga extramedicinal. “Para un movimiento que buscaba la comunión con el mundo, la experiencia psicodélica le resultaba atractiva”, resume Deco. Es difícil de detectar, fácil de distribuir y de efectos muy duraderos, prosigue López Sáez, lo que explica parte de su éxito en los años 60. “Coincidió con el apogeo del movimiento hippy -dice el investigador del CSIC-. Y el hombre es curioso por naturaleza”.

Sin embargo, pronto empezaron a surgir problemas. “Evidentemente, cayó en desgracia porque había efectos fuertes“, afirma Deco. “Aunque no se ha demostrado que sea adictiva físicamente, el problema es que quienes lo consumen van desarrollando tolerancia y cada vez toman más”, insiste López Sáez. Finalmente, sus usos recreativos acabaron siendo ilegalizados y se abandonaron casi al completo los estudios para potenciales usos terapéuticos. Hofman siempre dijo sentirse decepcionado porque el abuso casual del LSD había eclipsado su potencial científico.

Actualmente hay tantas drogas con fuertes efectos, fáciles de conseguir y más baratas que “no tiene sentido hablar del LSD”. ” Entras en internet y puedes encontrar 300 tipos de drogas fáciles de comprar y difíciles de detectar por la policía. El LSD tiene demasiada competencia”, bromea López Sáenz.

A pesar de ello, algunas líneas de investigación nunca dejaron de tener en cuenta las posibilidades del LSD como droga terapéutica. “Ahora hay un renovado interés para utilizarla en casos psiquiátricos, para depresiones -relata Deco-. Se especula que con su consumo en dosis controladas se produce una reducción de la conciencia que podría ser útil para los tratamientos”. “Las perspectivas psiquiátricas son esperanzadoras -concluye-. La idea es aplicarlo intentado evitar los efectos psicodélicos”.