Un tumor cerebral aparece como una mancha con un formato incorrecto en un escáner cerebral, un blanco brillante entre los tejidos gris que le rodean, que proporciona un diagnóstico seguro y devastador. Los médicos pueden comenzar el tratamiento inmediatamente, tratando de salvar el órgano más importante del cuerpo. El cerebro, sin embargo, también es vulnerable a muchas otras dolencias que son menos visibles. El problema es que el diagnóstico de salud mental ha permanecido esencialmente sin cambios durante los últimos 100 años, basándose únicamente en los síntomas clínicos y entrevistas. Los trastornos mentales carecen de lo que la mayoría de otros diagnósticos de salud sí tienen: marcadores biológicos. Un tumor visto en una exploración, bacterias identificadas por un cultivo de garganta, una fractura capturada en una placa de rayos X: son todos signos claros de que algo está mal.

Los trastornos mentales son difíciles de diagnosticar, incluso por los especialistas mejor entrenados y por los psiquiatras con más experiencia, porque lo único que pueden analizar son las respuestas a un puñado de preguntas. “El diagnóstico en realidad se logra realizando montones y montones de preguntas a pacientes y sus familiares y analizando las respuestas tanto de lo que dicen como de cómo lo dicen,” dice el Dr. Michael Dulchin, profesor asistente de psiquiatría en la Nueva York University Medical Center. La incertidumbre puede conducir a diagnósticos erróneos peligrosos.

El Dr. Sabine Bahn, profesor de la Universidad de Cambridge, lidera un equipo de investigación sobre la relación entre los trastornos de salud mental y los biomarcadores en el cuerpo. Su equipo encontró anomalías en el manejo de la glucosa en pacientes con esquizofrenia en fase inicial, y aseguran que es esta revelación podría llegar a ser detectable en la sangre.  Sin esas señales para confirmar su diagnóstico, los pacientes con enfermedades mentales se agobian a menudo por la percepción que de alguna manera tienen algo menos “real” que la mayoría de las otras dolencias. Durante años, los investigadores han buscado, en vano, signos en el cerebro que les pudiera revelar la diferencia entre, por ejemplo, el trastorno bipolar y la depresión. Ahora, algunos creen que la clave puede ser darse cuenta de que las enfermedades mentales no están necesariamente contenidas en el cerebro: los biomarcadores pueden encontrarse por todo el cuerpo. Bahn investigó los cerebros postmortem de pacientes psiquiátricos y se sorprendió al encontrar diferencias en los procesos de regulación de glucosa y ciertas partes de la producción de células en el cerebro en los pacientes con esquizofrenia.

El equipo de Bahn observó el líquido cefalorraquídeo en pacientes con esquizofrenia en fase inicial que todavía no habían tomado ninguna medicación y volvió a ver anomalías en el manejo de la glucosa. Bahn dice que fue una revelación de que tales cambios podrían ser detectados en la sangre de los pacientes en estas primeras etapas de la enfermedad. ¿Qué pasa si, su equipo se puso a pensar, se pudiera llegar a realizar un análisis de sangre para la esquizofrenia? Tener este tipo de herramienta sería muy valioso, ya que con los métodos actuales de diagnóstico basados ​​en entrevistas, los síntomas sutiles de la esquizofrenia se evidencian demasiado tarde, lo que retrasa el tratamiento durante meses o incluso años. Con esta investigación, Bahn y su equipo detallaron un panel de biomarcadores en la sangre en personas que tienen un mayor riesgo de esquizofrenia pero que no presentaban síntomas visibles todavía. La prueba, dice Bahn, puede predecir con precisión si alguien va a “desarrollar esquizofrenia en los próximos dos años.”

A pesar de estos resultados preliminares interesantes, todavía ninguno de los ensayos biológicos para analizar la enfermedad mental se han utilizado ampliamente en la práctica médica. En algunos casos, la razón es principalmente financiera. “El problema con la esquizofrenia es que aunque alrededor del 1 por ciento de la población sufre de esquizofrenia, el número de nuevos pacientes por año es bastante bajo, es el 0,02 por ciento y el coste de la prueba aún es muy elevado”, dice Bahn. Además es difícil que clínicamente sea viable porque si un paciente llega con síntomas de esquizofrenia que un médico puede aliviar con medicamentos, no es probable que el médico se niegue a administrar el tratamiento al paciente aunque lo desmienta una prueba biológica. Pero, aunque las pruebas biológicas para la enfermedad mental no lleguen a buen puerto, incluso aquellos que ya viven con una condición mental podrían beneficiarse. “Estigmatizar una depresión sería tan ridículo como estigmatizar a alguien por su diabetes”, dice Orlando. “La gente a menudo necesitan hechos concretos, tangibles, y eso es lo que les da miedo sobre la enfermedad mental y lo que provoca la estigmatización; simplemente no lo entienden”, concluye.