Los adultos mayores de 50 años con síntomas persistentes de depresión tienen el doble de riesgo de accidente cerebrovascular, un ictus, que los que no la padecen, según un nuevo estudio dirigido por investigadores de la Escuela TH Chan de Salud Pública de la Universidad de Harvard en Estados Unidos. Los investigadores encontraron que el riesgo de accidente cerebrovascular sigue siendo más elevado incluso después de que los síntomas de depresión desaparecen, especialmente en las mujeres.

“Éste es el primer estudio que evalúa cómo los cambios en los síntomas depresivos predicen modificaciones en el riesgo de accidente cerebrovascular”, subraya la doctora Paola Gilsanz, de la Escuela Chan de Harvard. “En caso de repetirse, estos hallazgos sugieren que los médicos deben tratar de identificar y tratar los síntomas depresivos tan cerca de su inicio como sea posible, antes de que los efectos nocivos sobre el riesgo de ACV comiencen a acumularse“, añade la autora principal del trabajo, que se publica en la edición digital de ‘Journal of the American Heart Association’.

El estudio analizó la información de salud de 16.178 hombres y mujeres de 50 años y mayores que participaron en el ‘Estudio de Salud y Jubilación’ entre 1998 y 2010. Los participantes fueron entrevistados cada dos años acerca de una variedad de medidas de salud, incluyendo síntomas depresivos, antecedentes de accidente cerebrovascular y factores de riesgo de accidente cerebrovascular. En comparación con las personas con síntomas depresivos bajos en dos entrevistas consecutivas, aquellas con síntomas depresivos elevados presentaron más del doble de probabilidades de sufrir un primer accidente cerebrovascular. 

Los menores de 65 años tenían un mayor riesgo de accidente cerebrovascular relacionado con los síntomas depresivos que los mayores con síntomas depresivos, según las conclusiones del análisis. Los investigadores sugieren que la depresión puede influir en el riesgo de apoplejía a través de cambios fisiológicos relacionados con la acumulación de daño vascular en el largo plazo. El daño también puede incurrir indirectamente a través del efecto de la depresión en los comportamientos de salud, incluyendo un mayor riesgo de tabaquismo e inactividad física.