Una larga línea de investigación vincula la pobreza y la depresión. Ahora, un estudio realizado por científicos de la Universidad de Duke, en Durham, Carolina del Norte, Estados Unidos, muestra cómo la biología podría estar en la base de la depresión experimentada por los adolescentes de alto riesgo cuyas familias se encuentran en situación socioeconómica desfavorable. El estudio, publicado en Molecular Psychiatry, combinó imágenes cerebrales, genética y datos de comportamiento recogidos durante la adolescencia y seguidos durante más de tres años como parte de un estudio más amplio. Los resultados son parte de un creciente cuerpo de trabajo que puede dar lugar a predictores biológicos que podrían dirigir estrategias de prevención de la depresión individualizadas.

Los adolescentes que crecen en hogares con menor nivel socioeconómico acumulan mayores cantidades de un marcador químico en un gen relacionado con la depresión en el transcurso de dos años. Estas etiquetas “epigenéticas” funcionan mediante la alteración de la actividad genética. Cuantas más etiquetas químicas tenía un individuo cerca de un gen llamado SLC6A4, más sensible era su amígdala cerebral a las fotografías de rostros temerosos mientras se les sometía a escáneres cerebrales de resonancia magnética funcional. Los participantes con una amígdala más activa eran más propensos a informar más delante de síntomas de depresión.

Al crecer en una familia con un estatus socioeconómico bajo (SES) puede añadir estrés crónico, como la discordia familiar y el caos, y riesgos ambientales como mala alimentación y tabaquismo. El estudio incluyó a 132 adolescentes de raza blanca no hispanos en el ‘Teen Alcohol Outcomes Study’ (TAOS) que tenían entre 11 y 15 años de edad al inicio del estudio y procedían de hogares que van desde bajo a alto SES. Alrededor de la mitad de los participantes tenía una historia familiar de depresión. “El mayor factor de riesgo que tenemos actualmente para la depresión es una historia familiar de la enfermedad” señala el coautor del estudio Douglas Williamson. “Nuestro nuevo trabajo revela uno de los mecanismos por los que este riesgo familiar se manifiesta o se expresa en un determinado grupo de individuos vulnerables durante la adolescencia”, añade.

Los investigadores analizaron si una mayor actividad en la amígdala cerebral podría predecir el riesgo de depresión en los participantes más jóvenes de TAOS. De hecho, aproximadamente un año después, estos individuos eran más propensos a presentar síntomas de depresión, especialmente si tenían una historia familiar de la enfermedad. La mayor parte del trabajo del equipo hasta ahora se ha centrado en las etiquetas químicas epigenéticas cerca del gen SLC6A4, ya que ayuda a controlar los niveles del cerebro de la serotonina, un neurotransmisor implicado en la depresión clínica y otros trastornos del estado de ánimo. Cuantas más marcas estén presentes justo aguas arriba de este gen, menos probable es que esté activo.