De la apatía al malestar, del malestar a la tristeza y de la tristeza a las ganas de no levantarse. Esta pueda ser la descripción sencilla y rápida de un proceso depresivo que se manifiesta y desarrolla en pocas semanas. En otras ocasiones, la persona que lo padece comienza a padecer diversos síntomas psicosomáticos: dolores indeterminados, malestar general, falta de energía. En ambos casos resulta muy incapacitante y, en la mayoría, se vive en silencio, si no en el entorno inmediato, sí en el ámbito profesional y, más allá, en todo el entorno social.

¿Por qué sigue siendo un tabú esta enfermedad? Para la psicóloga Pilar Conde, la respuesta está dentro del propio sistema sanitario, que no lo valida como un problema propio y no posee recursos para abarcarlo y dar respuesta a quien lo padece. Lo que suele hacerse cuando alguien acude al médico de cabecera con síntomas de depresión, es recetarle medicación. Los procesos depresivos, aclara, requieren para superarse de una verbalización que se obvia en la mayoría de los casos.

Es necesario, pues, contarle al psicólogo lo que nos pasa, expresarlo y que éste, a su vez, nos ayude a entender por qué nos encontramos mal y cómo podemos superarlo. En definitiva, acudir a psicoterapia para aprender a interpretar nuestra realidad desde un punto objetivo y útil. A la vez que se van «reenfocando las emociones negativas, se potencian las positivas y se activan las sensaciones placenteras para que la persona obtenga bienestar en su rutina diaria». En el proceso, quien cuenta lo que le ocurre siente alivio, según la experta, ya que al comprender lo que le sucede se da cuenta de que lo puede superar: «la persona empieza a realizar ciertos cambios, nota la diferencia y comprueba que sí va a poder salir».

De la depresión se puede salir con ayuda profesional, como de otras enfermedades, pero es preciso, romper el silencio social que sigue rodeándola. Hay motivos, hay cifras; la padecen 300 millones de personas en todo el mundo, y en la Unión Europea los datos hablan de que la padece el 5% de su población y que supone el 12% de las bajas médicas atribuidas a sus profesionales.

La gran pregunta es el origen de esas cifras. A las grandes cuestiones que pueden derivar en depresión, como problemas familiares, de trabajo, de pareja, inseguridad e insatisfacción personal hay que sumar las derivadas del entorno, cada vez más exigente. La razón de que los datos crezcan y crezcan mientras la enfermedad parece invisible a nuestro alrededor hay que buscarla, según Pilar Conde, en que «vivimos en un sistema que requiere una adaptación constante, que obliga al individuo a incrementar ciertos recursos personales para poder adaptarse y sentirse satisfecho en lo que la sociedad (o cada cual) define como el ideal. Si este ideal no se alcanza o uno cree no ser capaz de conseguirlo puede empezar a haber problemas». Se nos pide más, mientras aumentan el estrés físico y emocional. Hay un desbordamiento, ya sea por tiempo o por capacidades. En ambos casos, conlleva un descuido del cuidado personal, lo que directamente se relaciona con una disminución de obtención de emociones placenteras. De ahí a la tristeza y , luego, a la depresión.

La gravedad mayor o menor de la misma deberá evaluarla un profesional de la salud mental. Si la terapia no es suficiente o si se encuentra en una fase aguda cuando comienza el tratamiento, la persona deberá ser tratada por el psiquiatra. Aquí, otra vez, regresan los prejuicios y , más que nunca, reina el silencio social. Se oculta la visita al psiquiatra, aclara la psicóloga, cuando en realidad se trata de un profesional que, junto con la terapia, procede a la prescripción farmacológica recomendada a nivel científico, dado que facilita y acelera la recuperación.