El Síndrome de Asperger es uno de los Trastornos del Espectro Autista (TEA) más comunes y menos conocido entre la población en general, e incluso por muchos profesionales y por esto puede generar prejuicios y discriminación hacia los pequeños que lo padecen. La falta de información, el desconocimiento de sus síntomas y los diagnósticos tardíos o erróneos provocan que no se atienda a estos pequeños como se debe. Y hace de estos niños un blanco fácil de acoso y malestar.

El arduo trabajo de las familias, que suelen demostrar una gran implicación, requiere de especialistas conocedores del síndrome para que puedan guiarlos en el camino. Ayer, 18 de febrero, se celebró el Día Internacional del Síndrome de Asperger, un trastorno del desarrollo que se manifiesta de diferente forma en cada individuo, y eso es algo que se debe tener en cuenta a la hora tanto del diagnóstico como a la de elegir el tratamiento más adecuado.

En las últimas décadas, la prevalencia del conjunto de los Trastornos del Espectro del Autismo se ha incrementado significativamente, situándose en la actualidad en 1 caso por cada 100 nacimientos, lo que cifraría en más de 450.000 el número de personas en España, según Autismo Europa, 2012. A falta de datos oficiales, se estima que hay entre 1 y 5 casos de Asperger cada 1.000 nacimientos. Y, según diversos estudios, tiene mayor incidencia en niños que en niñas.

“Lo primero que hay que aclarar es que el síndrome de Asperger no es una enfermedad, es un trastorno severo del desarrollo a nivel neurobiológico dentro del espectro autista”, explica el psicólogo, psicopedagogo y experto en educación infantil Jorge López Vallejo. Aunque en todos los casos existan síntomas comunes, como las dificultades para la interacción social, alteraciones de los patrones de comunicación no-verbal, e inflexibilidad cognitiva y de comportamiento, “este síndrome se manifiesta de diferente forma en cada individuo”, reitera. Tener claro esto, es la base del éxito de los tratamientos.

Estos niños llegan a sufrir discriminación “por las diferencias que otros, niños y adultos, pueden ver en ellos, y por la falta de información, tanto de los padres del pequeño con Asperger, como de los padres del resto de niños”, argumenta el experto. Hay que incidir también en el hecho de que “el 90% de los niños con Asperger ha sufrido acoso escolar, un dato dramático y alarmante a nivel social”, asegura López Vallejo. Son niños que, en términos generales, encuentran dificultad en hacer amigos, no entienden las pistas sutiles necesarias para lograrlo. Utilizan un lenguaje que para el resto de menores puede considerarse raro –demasiado formal o monótono–, y toman a menudo significados literales de lo que leen u oyen, sin saber interpretar ironías o figuras retóricas.

“Son más felices con rutinas y en un ambiente estructurado”, continúa López Vallejo, “cuando encuentran dificultad en decidir qué hacer, caen en sus actividades preferidas”. Además, las personas que lo padecen suelen tener una inteligencia normal o ligeramente por encima de la media, y “aman la alabanza y ser los primeros en todo; pero el fracaso, la imperfección y la crítica les resulta difícil de sobrellevar”.

“Sus problemas de comunicación, las rutinas repetitivas, los rituales y su posible inflexibilidad son motivos rápidos de rechazo, por esta razón, desde la terapia breve estratégica se trabaja desde el inicio el control de estos síntomas que reducen la ansiedad y mejoran las relaciones”. En esto, las familias son un elemento clave a la hora de reducir el rechazo. “La responsabilidad no está solo en la familia que rechaza, sino también en los padres de hijos con Asperger que, con las mejores de las intenciones, muchas veces obtienen los peores resultados”.

“Tenemos la experiencia de que un diagnóstico erróneo del Síndrome de Asperger -prosigue-, puede llegar a crear una enfermedad haciendo más daño que bien, incluso con un tratamiento inadecuado que en algunos casos incluye medicación y que técnicamente en psicología llamamos iatrogenia”. Los diagnósticos equivocados son comunes y peligrosos, un hecho que complica el tratamiento y afecta a todo el sistema que rodea al niño, actuando en consecuencia. “De este modo la etiqueta diagnóstica inventa y construye una dinámica que alimenta el problema, o incluso lo crea”, incide el experto.

“Muchas veces se confunde con el TDAH, con la depresión infantil, con el autismo, con el que el pequeño padece un ligero retraso en el aprendizaje, o con el trastorno obsesivo compulsivo. La equivocación con este último es muy común en los niños y produce mucha confusión, por lo tanto, debemos contar siempre con un diagnóstico profesional experto en estos trastornos”, reitera el psicólogo. Cuanto antes se diagnostique el síndrome de Asperger, antes se puede comenzar un tratamiento adecuado que sin duda mejorará la situación del niño. El objetivo inicial es contar con un diagnóstico preciso y, lo más importante, que realmente funcione a la hora de tratar el problema.