En 2011 la bióloga molecular Teresa Tarragó (Corbera d’Ebre, Tarragona 1974) dejó su trabajo a tiempo completo en el Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (IRB) para crear la empresa de biotecnología Iproteos. Su idea era convertir en fármaco una molécula descubierta en el curso de sus investigaciones, denominada IPR-19, que había mostrado un gran potencial en el tratamiento de los problemas cognitivos que sufren los pacientes con esquizofrenia: dificultades de concentración y aprendizaje para las que no hay tratamiento farmacológico.

A partir de ese momento, esta spin-off del IRB y de la Universidad de Barcelona se embarcó en la odisea de lograr financiación. “De lo primero que tiramos fue de la inversión de amigos y familiares –lo que en la jerga se llama FFF: family, friends and fools–. Luego, en 2014 lanzamos una campaña de miocromecenazgo por acciones, con la que conseguimos 100.000 euros, que en el ámbito de desarrollo de fármacos es una cantidad muy pequeña, pero que nos sirvió para darnos a conocer”, comenta Tarragó.

El proyecto también logró una ayuda pública de 500.000 euros en 2015. Y el último espaldarazo recibido por la compañía –ubicada en el Parque Científico de Barcelona– ha sido el cierre de una ronda de financiación de 1,5 millones de euros, liderada por Caixa Capital Risc. “Esta inversión de capital riesgo nos va a permitir continuar con nuestra innovación en el tratamiento de la esquizofrenia”, subraya la directiva.

La esquizofrenia causa alucinaciones auditivas, visuales y delirios paranoicos, que afectan a la forma en que las personas manejan las emociones y se relacionan con otros. El comienzo de los síntomas ocurre generalmente al final de la adolescencia o en adultos jóvenes. Para los síntomas relacionados con las alucinaciones sí existen medicamentos: los antipsicóticos. “Sin embargo –añade–, se ha demostrado que uno de los síntomas más incapacitantes de esta enfermedad son los problemas cognitivos, que preceden al inicio de la enfermedad y continúan después de que aparezcan los síntomas psicóticos”.

Entre estos déficits cognitivos se encuentran las dificultades para concentrarse y llevar a cabo tareas complejas, que hacen que los pacientes tengan grandes trabas para continuar con sus estudios, trabajar y ser totalmente independientes en su vida. “Estos efectos tienen un impacto social muy elevado y no existe en la actualidad ningún tratamiento para ellos”, destaca Tarragó.

El compuesto IPR-19 de Iproteos pertenece a una nueva familia de pequeñas moléculas llamadas peptidomiméticos. El compuesto es capaz de atravesar la barrera hematoencefálica –un muro protector del cerebro, infranqueable para muchos de los fármacos que existen en el mercado–. La experta indica que “se dirige específicamente a tratar los déficits en el aprendizaje ocasionados por la esquizofrenia y mejora la cognición”.

La eficacia del fármaco se ha probado en modelos animales de la enfermedad. Mediante una batería de ensayos, en los que se pone a prueba la memoria de trabajo y la memoria espacial, han demostrado que la administración de IPR-19 es capaz de revertir el déficit en cognición en ratones hasta alcanzar los niveles basales, según un estudio publicado en la revista European Neuropsychopharmacology en diciembre de 2016.

El nuevo fármaco está ahora en fase preclínica de regulación. En esta etapa se realizan estudios de toxicidad en animales para saber si existe algún efecto en el corazón, el hígado o algún otro órgano. “Esta fase –comenta Tarragó– sirve para mostrar la seguridad del producto y para que la Agencia Europea del Medicamento nos autorice a realizar las primeras pruebas en humanos en fase 1, que se realiza con un grupo reducido de voluntarios sanos y que iniciaremos en 2018”. En este periodo se estudian los efectos adversos, se mide la farmacocinética y se evalúan las dosis. “Después pasaremos a la fase 2A, donde se realizan las pruebas de eficacia con enfermos de esquizofrenia, prevista para 2019. Para abordarla tendremos que recurrir a nueva ronda de financiación”, indica.

Tras estas pruebas, la idea es licenciar el compuesto a una gran farmacéutica. Según explica Tarragó, “después de demostrar la eficacia en pacientes, el fármaco ya resulta interesante para las multinacionales, que son las que tienen la capacidad de realizar los estudios clínicos a gran escala, con un número de pacientes mucho mayor y hacer todo el proceso de marketing y comercialización”. La idea es licenciar nuestro fármaco a una gran farmacéutica para que realice los estudios clínicos a gran escala y la comercialización”